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RELIGIÓN INKASICA

Al igual que muchos de los elementos culturales inkásicos, su religión es también producto de la evolución vivida en esta parte del continente a través de milenios de convivencia con la naturaleza. Es en síntesis una regla general para la religión en el mundo que cuando el hombre no logra explicarse, demostrar, o dominar algunos fenómenos o fuerzas superiores o incontrolables por él, les de a éstos una explicación u origen sobrenatural; así, una serpiente que con sólo un picadura podía causar convulsiones y la muerte de un individuo era considerada sagrada; un puma que era el más fuerte de los animales en los Andes, incontrolable aún por el mismo hombre era otro Dios; el rayo que causaba incendios y destrucción fue también otra deidad. Así decenas y hasta cientos de elementos de los cuales el hombre era dependiente tuvieron y todavía tienen un carácter divino. La religión es definida como el conjunto de creencias y valores morales que rigen la conducta individual y social, como asimismo la práctica de rituales que el hombre establece para mantenerse en contacto con lo divino.

En el Inkario, como consecuencia de su división social parece haber existido también una cosmovisión privativa de la élite y otra del vulgo; prueba de ello es que los templos eran muy exclusivos y utilizados sólo por el Inka y los sacerdotes, por lo tanto estaban siempre protegidos y cerrados. Es evidente que junto a las creencias que trataron de imponer los Inkas en su territorio, simbolizadas por el Inti o Dios Sol, supervivieron las preinkásicas presentando variantes según las regiones de tradición común.

En términos generalizados se consideraba que todas las deidades eran subordinadas y creadas por un Dios invisible, eterno y todopoderoso que recibía el nombre de Wiraqocha aunque se aduce que el verdadero nombre es Apu Kon Titi Wiraqocha o también Illa Teqsi Wiraqocha, algunos estudiosos indican que posiblemente ese mismo Dios era identificado con otros nombres como Pachakamaq y Tonapa. El Dios Wiraqocha transcendía los tres mundos de la antigua cosmovisión peruana; su morada no se ubica, por lo tanto, ni en el Hanan Pacha o mundo de arriba identificado con el espacio sideral, ni en la faz de la tierra misma o Kay Pacha, ni en el Ukhu Pacha o mundo de abajo identificado con el subsuelo. No obstante, el Inti (Sol) fue la divinidad por excelencia entre los Quechuas, se considera que fue el Dios más popular; el Inka era considerado o se propagaba ser el Sapan Intiq Churin o el Unico Hijo del Sol, y era necesario conferir importancia a su culto entre las tribus que conquistaba, razón por la que cada ciudad o poblado debía infaliblemente poseer templos dedicados a su culto. Es inobjetable que el más importante templo para esa deidad masculina, identificada con el oro, era el Qorikancha, conocido por algunos como Intikancha o Intiwasi. En la religión Quechua se consideraba que la Luna o Killa era una deidad femenina, identificada con la plata, la esposa del Sol que ineludiblemente debía tener un templo muy cercano al de su pareja masculina. El más importante sacerdote en el Inkario era el Willaq Uma (Cabeza predictora) que en condiciones normales era un familiar muy cercano al Inka, sea su hermano o tío.

Un estudio de Luis E. Valcárcel indica que todos los dioses, menos Wiraqocha, moraban en el "Hanan Pacha" y allá iban a parar también los espíritus de los difuntos nobles; de ese mundo procedían los Inkas como hijos del Sol. Dos seres mitológicos establecían una comunicación constante entre los distintos mundos de la cosmovisión prehispánica; desde el "Ukhu Pacha" o mundo subterráneo recorrían el mundo terrenal o "Kay Pacha" y se proyectaban a través del "Hanan Pacha" o mundo celestial. Esos seres mitológicos eran representados en forma de dos serpientes: Yakumama (madre agua), al llegar a la superficie se transforma en "gran río" y al pasar al mundo de arriba en el rayo o Illapa, que era considerado como Dios de las aguas. La otra serpiente es Sach'amama (madre árbol -en Quechua es femenino-), tiene dos cabezas y camina verticalmente con lentitud y "apariencia de árbol añoso"; al llegar al mundo celestial se transforma en K'uychi o Arco Iris que es una deidad vinculada con la fertilidad y fecundidad.

La Tierra o Madre Tierra conocida como Pachamama, deidad pan-andina, fue y aún es en nuestros días objeto de culto en todo el macizo andino, al igual que en la costa la Qochamama o Madre Mar. Por su parte las estrellas también ocupaban un lugar preponderante en la religión prehispánica; muchas estrellas y constelaciones, como la estrella Venus o Ch'aska, o la constelación de las Pléyades tenían un carácter divino. Hoy en día, el campesino de los Andes seguidor de la religión y tradiciones inkásicas todavía utiliza algunas constelaciones especialmente para poder predecir el futuro, de acuerdo al brillo de sus estrellas se puede conocer por ejemplo si el próximo año habrán lluvias, prosperidad, felicidad, desastres, etc.

Muchos cronistas indican que Waka o Guaca fue un adoratorio o elementos sagrados utilizados para rendir culto a diversos dioses regionales, locales o familiares. Las Wakas como adoratorios eran lugares donde residían los espíritus de los difuntos, eran servidos por los Tarpuntay, sacerdotes (brujos y hechiceros para los conquistadores) encargados de las ceremonias religiosas en su honor quienes también hacían la Much'ay (Mocha en su forma españolizada), es decir emitir besos sonoros en la punta de los dedos y dirigirlos hacia los dioses con los brazos extendidos; debido a que en una Waka se hacía la "mocha", ésta también se conoce como Mochadero. Las Wakas en el Valle del Qosqo estaban alineadas en 41 Ceques o Seques, es decir líneas o rumbos imaginarios que partían desde el Qorikancha o Templo del Sol siguiendo las direcciones de los Cuatro Suyos. Polo de Ondegardo hizo una relación de Ceques y Wakas existentes a mediados del siglo XVI en la que se cuentan un total de 350 adoratorios. No obstante, muchos estudiosos contemporáneos aducen que fueron 365 las Wakas en este Valle, cada una de ellas dedicada a cada uno de los días del año, ya que los Quechuas al conocer solsticios y equinoccios conocían también el año solar de 365 días, posiblemente dividido en meses lunares, "mes" en Quechua significa "killa" que a su vez quiere decir "luna".

Se consideraba que la vida de una persona o un linaje podía emerger de un río, una montaña, una fuente de agua, un felino, un ave, etc.; fuentes de existencia donde "aparecía" súbitamente algún personaje mítico, éstas eran denominadas Pakarina, en la creencia popular fueron muchas y eran tenidas por entidades divinas. En los Ríos, Peñas (kjakja), los Cerros (Orkjo), etc., residían espíritus que se invocaban con plegarias y ofrendas. Sobre las montañas, en los puntos más altos de los caminos (pasos o abras) con el transcurso del tiempo se formaban las Apachetas o Apachejta, montículos o pilas de piedras, coca masticada, "ushut'as" (sandalias) viejas, jirones de ropa u otros elementos que los caminantes dejaban en expresión de gratitud para los espíritus locales. Hoy, la apacheta indígena ha sido reemplazada por la cruz que es usada con profusión; su cristianización ha tenido quizá su origen en el Concilio Provincial de Lima de 1567 citado por Alberto Regal, en cuyo sumario se lee, "Que los adoratorios de los caminos que los indios llaman Apachitas procuren los sacerdotes cada uno su distrito quitarlos y deshacerlos del todo, y en esto se les pone precepto, y si les parece cosa decente pongan una cruz en su lugar (sic)". Muy parecidas a las Apachetas fueron las Thokankas (Thokay: escupir, expectorar) que fueron grandes pedrones o rocas escarpadas, situadas también sobre las cejas de los cerros y al pie de las cuales los viajeros a pie descansaban y escupían sobre ellas su "akul-iku" (bola de coca mascada) o un poco de maíz masticado.

El arte de embalsamar personas muertas alcanzó un gran desarrollo en el Perú prehispánico, en el Inkario todas las personas eran embalsamadas en posición fetal, sin importar su condición social. La diferencia radicaba en que las momias de gente común eran guardadas con todos sus elementos de uso cotidiano y aún alimentos en cementerios casi siempre ubicados en lugares de difícil acceso mientras que las momias de gente noble se guardaban en Wakas o Templos. Las momias o Mallki fueron objeto de culto, atendidas por su ayllu (comunidad o grupo social organizado que constaba de unas cien familias) o linaje como si se tratara de personas vivientes; además, en algunas festividades importantes había una procesión de los Mallki de los Jefes de Estado Inka y algunos nobles alrededor de la Plaza Principal del Qosqo. Otro elemento importante en la religión inkásica fueron los Wayke ("hermano" en Quechua) que eran ídolos o representaciones de personas nobles generalmente en tamaño natural, esculturas de metales preciosos que también eran veneradas por creerse ser depositarias del espíritu de la persona al contener cenizas de los intestinos de esa persona en una pequeña caja a la altura del pecho del ídolo. Cabe remarcar que en el Inkario los metales preciosos no tenían un valor económico, sino casi exclusivamente ceremonial, ya que por ejemplo, en este campo las conchas marinas o Mullu (Spondylus sp.), tenían aún más valor que el oro o plata.

Existen referencias de que en el Inkario se practicaba la oración, el ayuno, la abstinencia sexual en festividades, y se tenía un concepto de pecado. En las casas familiares se tenían y aún hoy se tienen las Qonopa o Illa conocidas también como Wasiqamayoq o Ullti que son ídolos o amuletos familiares encargados de proteger la casa y traer buena suerte y prosperidad. Son esculpidos en piedra con formas y colores diversos, casi siempre en forma de camélidos sudamericanos que en el lomo tienen un hoyo llamado "qocha" (laguna) donde se vierte vino, chicha o alcohol durante el "haywarisqa" (ceremonia de ofrecimiento de ofrendas, etc.) y donde también se deposita el "k'intu" es decir, tres hojas de coca pegadas con "untu" (sebo) de llama.

Las ofrendas podían consistir en diversos elementos como comidas, chicha o Aqha (bebida alcohólica fermentada hecha de maíz), llamas, cuyes, etc. Las ofrendas consistentes en líquidos eran vertidas en fuentes y canales denominados Phaqcha, así se irrigaban chicha o sangre de animales en señal de sacrificio. Ocasionalmente los alimentos y otras ofrendas se ofrecían en forma de cenizas para que de esa manera pudieran llegar más directamente a los dioses. Los sacrificios de animales se ejecutaban para poder predecir el futuro mediante el estudio de las vísceras, corazón, pulmones y otros órganos. Existe una fuerte controversia en cuanto a la práctica o no de sacrificios humanos en el Inkario; algunos cronistas españoles, normalmente sacerdotes católicos, escribieron que en circunstancias especiales se practicaban sacrificios de niños (muchos estudiosos creen que esta posición surge como un intento por querer justificar la conquista y el genocidio a partir de la imposición del cristianismo). Tal es el caso del sacerdote Vasco de Contreras y Valverde que utilizando documentos diversos afirmó en 1649 que a la muerte de Wayna Qhapaq "...Trajeron su cadáver a esta ciudad, donde en sus honras se mataron cuatro mil personas...". Por su parte, Garcilaso Inca de la Vega establece categóricamente que los Inkas habían ya dejado esa práctica de algunos pueblos preinkásicos y a la letra dice "...no sacrificaron carne ni sangre humana con muerte; antes lo abominaron y prohibieron como el comerla; y si algunos historiadores lo han escrito, fue porque los relatores los engañaron por no dividir las edades y las provincias, dónde y cuándo se hacían los semejantes sacrificios de hombres, mujeres y niños...". En síntesis; hoy se conoce que los Quechuas de ciertas provincias practicaban algunos sacrificios humanos. Huaman Poma de Ayala escribió entre 1567 y 1615 que "Capacocha" era el nombre del sacrificio de niños realizado dos veces al año, mientras que Cieza de León escribió que ese era el nombre de todas las ofrendas y regalos para sus ídolos; Pedro Sarmiento de Gamboa escribió que "Capacocha" fue la "inmolación de dos niños varones y otras dos niñas ante el ídolo de Huanacauri...". Se supone que tales sacrificios se llevaban a cabo cada año solamente en los templos más importantes, la sangre humana no era derramada en los menos venerados. Por su parte, Johan Reinhard (1992) da información sobre restos de sacrificios humanos en la cumbre de algunas montañas altas. El sacerdote Cobo escribió por 1639 que al sacrificar niños, "Ellos eran muertos por estrangulación con una cuerda y luego eran enterrados, a veces eran emborrachados antes de ser muertos." El antes mencionado soldado español Pedro Cieza de León, llamado por Von Hagen el "Príncipe de los Cronistas" escribió por 1553 "Muchos cuentan -quizás por alguno de esos escritores que apresura su pluma- que hubieron días de fiesta cuando ellos mataban mil o dos mil niños, y aun más indios, reforzados por estas cosas hablamos de ellos para ocultar nuestras propias debilidades y justificar el mal trato que ellos sufrieron en nuestras manos. No digo que ellos no hacían sacrificios y que ellos no mataban hombres y niños en tales sacrificios; sino que no fue como se cuenta, no demasiado. Ellos hacían sacrificios de animales y llamas de sus rebaños, pero muchos menos seres humanos que lo que creí, muchos menos, como lo relatare..."

Al producirse la conquista se suceden múltiples acontecimientos y acciones tendientes a cambiar radical y abruptamente la religión de todo un continente, germinada y fortalecida en milenios de existencia. Uno de los objetivos superlativos en la colonia fue el tratar de extirpar totalmente la religión "pagana" o "idólatra" del Tawantinsuyo. Al establecerse las "Reducciones de Indios" en 1572 por el Virrey Toledo (para algunos el Solón del Perú, gran organizador; pero tirano y perverso para muchos otros) se trató de reunir a los Quechuas en pueblos pequeños por 4 razones principales: para controlarlos eficazmente; para recolectar más fácilmente los tributos que los descendientes de los Inkas debían pagar a la corona española; para explotarlos indiscriminadamente sin remuneración o paga alguna por su trabajo; y para cambiar la religión del Tawantinsuyo ya que así era más fácil empujarlos en las iglesias. Se inicia con la tristemente célebre "Extirpación de Idolatrías" por la que se debía destruir todo aquello que tuviese alguna relación con la religión inkásica de modo tal que los más importantes templos fueron quemados y arrasados con frecuencia hasta sus cimientos; se inicia con una versión peruana de la "caza de brujos" en la que el Tarpuntay y el Willaq Uma andino eran considerados ya no sacerdotes sino brujos o hechiceros y por ende fueron víctimas potenciales o efectivas de la "Santa Inquisición"; en suma se reprime, destruye y elimina a todo aquel seguidor o practicante de religión ajena al cristianismo. No obstante, en el pensamiento colonizador existían diversas posiciones en cuanto a la religión y hombre andinos; es famosa la controversia y disputa surgida entre el misionero e historiador español Bartolomé de las Casas (1474-1568) y el polígrafo también español Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573). De las Casas aducía la imperiosa necesidad de evangelizar al poblador del nuevo mundo en concordancia con los preceptos cristianos; por su parte Ginés de Sepúlveda indicaba que efectivamente había que evangelizar al "indio" andino pero antes había que humanizarlo. Lo anterior demuestra que para un importante segmento de los colonizadores españoles, el hombre andino, creador de una de las más brillantes civilizaciones del mundo, era una especie animal más que había que humanizar.

A pesar que el catolicismo llegó a los Andes hace ya casi 5 siglos, es obvio que no ha tenido la fuerza o capacidad suficientes para desterrar totalmente la religión ancestral del Perú; a través de los siglos existió y aún existe una fuerte resistencia cultural y religiosa, razón por la que muchos de los dioses, templos y ceremonias del mundo prehispánico tienen total vigencia. Tradicional, teórica u oficialmente se aduce que la religión del país es el Catolicismo, pero en la práctica se demuestra que aquí se practican 2 religiones entremezcladas, con una heroica continuidad religiosa y cultural autóctona de los Andes. Al decir de Carmen Bernand, "Los incas no son un pueblo fósil. Lo atestigua la vitalidad de su imagen al seno de los campesinados contemporáneos, excluidos de toda decisión política. Que estos incas sean fieles a la verdad histórica o que sean alegóricos, que importa! ellos continúan viviendo en el corazón de los ignorados de la modernidad..."

Los actuales representantes de la religión andina son los Paqo que ostentan jerarquías diferentes en el sacerdocio y están representados por los Kuraq Tayta, Altomisayoq y Panpamisayoq. Son ellos quienes llevan a cabo ceremonias diversas para venerar a los Apus que son espíritus o divinidades mayores, a los Aukis o divinidades de menor jerarquía, a la Pachamama o Madre Tierra, etc. Los sacerdotes andinos preparan los Despachos y Pagos, es decir ofrendas para sus deidades, y les ofrecen hojas de coca seleccionadas entre las mejores y en forma de K'intu. El "k'intu" básico consta de 3 hojas, la más grande y alargada representa a los Apus o deidades masculinas, la mediana y redondeada a la Pachamama o deidad femenina, y la más pequeña y alargada a la humanidad. Las hojas son colocadas una sobre la otra con la cara hacia un solo lado y sostenidas entre el índice y el pulgar de la mano derecha mientras que con la izquierda se las protege; cuando se desea mayor solemnidad del acto se preparan k'intus de 6 ó 9 hojas. En la región del Qosqo existen algunas divinidades que resaltan en importancia; es el caso del Apu Ausangate (espíritu de esa montaña nívea) que es dueño del ganado en general, el Apu Akhanaku en Paucartambo que es dueño de todos los tubérculos andinos, el Apu Sawasiray entre Calca y Paucartambo que se considera dueño del maíz, el Apu Salkantay dueño de los productos selváticos. El Apu Willkamayu (río Urubamba o Vilcanota) representa la virilidad masculina materializada en el agua que fecunda la Pachamama, porque arrastra el semen fertilizador de los nevados que le otorga propiedades especiales.

En las últimas décadas la religión ancestral de los Andes viene sufriendo cambios considerables como consecuencia de la comercialización inducida por el turismo. Se observa la aparición de numerosos "altomisayoq", "panpamisayoq", "paqos" y curanderos que se llenan la boca con palabras como "misticismo", "esoterismo", etc., cuya principal finalidad es captar dinero y bienes de turistas al ofrecer ceremonias diversas y cursos de "iniciación" o preparación para ejercer "sacerdocio andino" por cantidades de dinero casi astronómicas. Ellos emulan a los verdaderos sacerdotes con firme vocación, convicción y creencia, y obviamente hacen escarnio de la ancestral religiosidad andina.